Algunos dicen que ya me atrapó La Manigua

América Latina redunda en belleza: volcanes, cascadas, amates, quebradas, cenotes, sonrisas, colores, comida, y la selva ¡Oh bella selva!

Florencia, Caquetá, Puerta de Oro de la Amazonía colombiana. La frontera amazónica con la cordillera oriental andina. Tierra indígena de micos, jaguares, loros, mochileros, tucanes, paujiles, quebradas, ríos, lluvia, frutas, música, colonos, coreguajes, wiñañes, uitotos… pero también de extractivismo, pobreza, represión, minas (de minerales y antipersonas), deforestación, violencia… un espacio lleno de matices.

Llegué a esta tierra hace ya dos meses. Conocí Morelia, Belén, Albania, Curillo, Doncello, Itarca, y por supuesto, ¡Florencia!: La U de la A, el Curiplaya, el Hacha, Bruselas, San Francisco, Santander, y la Perdiz. Comí su piña caqueteña, el jugo de lulo, el guanabanazo, y el arazá. Reí, canté, escuché, y contemplé junto con los amazónicos: indígenas, colonos, y criollos; sin cuyos cuales la Manigua (una manera cariñosa, folklórica, y romántica de llamarle a la selva amazónica) no puede entenderse.

Los primeros días que estuve aquí sentía una inseguridad tremenda. La ciudad, tan bulliciosa y desordenada, emitía un sentimiento de peligro inherente. Caminar a través de ella significa esquivar motos, buscar andenes inexistentes, tener siempre el teléfono en bolsa, mirar atrás constantemente, esperar a que los automóviles te den el paso durante tiempos interminables, correr al cruzar la calle… no fue sino hasta el tercer día en Colombia que empecé a sentirme más tranquilo. Llegué al Piaget.

La Corporación Educativa Amigos Instituto Jean Piaget (posiblemente el colegio con el nombre más largo que conozco) es un colegio ubicado a la afueras de Florencia en el barrio Bruselas, de cuyo cual, A la Orilla del Río es su cercana aliada. Fue en ese colegio donde indirectamente hice mi voluntariado.

La amabilidad de los y las profesoras, así como de la administración, hicieron que desde el primer día en el colegio me sintiera bienvenido. Con un recorrido inicial me percaté de la evidente convivencia que se vive con la naturaleza: pareciera estar dentro de la selva. Árboles de al menos cincuenta años, el sonido de las chicharras, una que otra culebra que a veces se aparece, los salones construidos con guaduas (bambú), y la pequeña quebrada que pasa por detrás. Y el contexto intelectual no se quedó atrás: lleno de pensamiento crítico, mentalidad juvenil, y ambientalismo. Definitivamente, pensé, este es un colegio como pocos.

Después de ello, le agarré confianza a la ciudad. Me empecé a mover a través de sus calles, me subí casi a diario en una moto, y probé toda comida nueva que encontraba. Florencia no cambió desde que llegué, pero mi percepción de ella sí. Aunque sigue teniendo los mismos problemas, mi sentimiento de ser ajeno desapareció. Me pregunto si así se siente que te atrape la Manigua.

Mi voluntariado fue tan flexible que a veces explicar en pocas palabras mi trabajo no fue sencillo. Di charlas de activismo juvenil e historia de México, di pequeñas clases de ajedrez, instalé un sistema de recolección de agua de lluvia, traduje un texto de A la Orilla del Río al inglés, apoyé proyectos juveniles de recaudación de fondos, manifestaciones, y limpieza de quebradas, y, como último acto, coordiné el «Encuentro Amazónico de Jóvenes Ambientalistas», un evento nacional que reunió a jóvenes activistas en la Puerta de Oro de la Amazonía colombiana.

Disfruté cada almuerzo, cada risa con los profesores, y cada enseñanza que a diario me llegaba. Aprendí de cerca su historia, sus problemáticas, su lengua, su gastronomía (sin duda de las mejores partes), y su visión. Regresaré a la Manigua, estoy seguro, me voy dejando una parte de mi corazón.

Quiero agradecerle mucho a las personas que hicieron esto posible: a Claudia, Walter, Estefanía, Franklin, Juan Diego, Clarena, Leonel, Gloria, Víctor, Madby, y por supuesto, a mi familia: Martha y Armando. ¡Las y los quiero mucho!

– Bernardo LM

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