Pareciera ser que al día de hoy todo pronóstico de un futuro utópico es un producto de fantasía. Tenemos la certeza de que una crisis socio-ambiental lenta pero segura se acerca día con día. Y aún así somos resilientes a no cambiar los sistemas que hemos creado para nuestra propia subsistencia. Creemos, ante la falla de otros sistemas políticos y económicos, que el nuestro es sin posible discusión, la mejor opción. Sin embargo, como diría Humberto Beck y Rafael Lemus en el prólogo de la antología de ensayos “El futuro es hoy”: otro mundo es posible. En este mismo prólogo se menciona que esa es la misma esencia de la política: buscar cambiar la forma de hacer las cosas para un mejor futuro. Pero pareciera, como también nos recuerdan Beck y Lemus, que toda idea de cambio estructural se ha convertido en radicalismo, que la nueva forma de hacer política es la de atenerse al status quo, que para el poder constituido es música para los oídos. Pero ahora yo les digo, lo que con pasión nos dijo al salón un maestro mío de matemáticas: “solo a un idiota se le ocurriría hacer un sistema de producción ilimitada con recursos limitados”. Y el hecho de que toda predicción establece que se acerca más el día en el que no haya recursos para una cada vez mayor población, comprueba sin lugar a dudas que el status quo requiere de un cambio profundo, los cambios superficiales no podrán contener la crisis que lleva pacientemente esperando el punto de quiebre. Mi diagnóstico del colapso civilizatorio mundial es que: el comportamiento social internacional de negarse a idear y/o considerar sistemas políticos y económicos diferentes al presente, nos ha llevado a la realización de “soluciones” a problemas sistémicos complejos que terminan por ser meramente superficiales.
– Bernardo LM